Vacío en la humanidad: la primera patología de Internet

¿Es posible preguntarnos como cambió la mente a partir del surgimiento de la red de redes? O aún más, complejizar este tema e involucrar el alma, los sentimientos, las creencias y las necesidades humanas.  Durante siglos nos reconocimos por nuestra condición gregaria que nos brindaba felicidad. La misma que nos llevo a una extraña globalización que posibilitó Internet y  nos hizo regresar a una caverna, de la que habíamos salido en la antigüedad.

Hoy nos encontramos ya con generaciones nacidas de la denominada era de internet. Pero aún no nos pusimos a pensar seriamente sobre efectos socioculturales y su impacto en la personalidad de los individuos.

¿Cómo puede ser una persona si su relación con el mundo y con otros seres depende solamente de una pantalla: PC, celular o tablet?

Parece una exageración. Lo que quiero expresar es que como en toda revolución, hoy ya existen personas que además de amigos desconocidos a los que se llama “virtuales” tienen a Internet como validador de situaciones y creencias de las que al mismo tiempo dependen.

Seres que hacen culto y se aferran a verdades –carentes de toda comprobación física real-   que circulan de pantalla en pantalla. Un gran packman de perfiles que se retroalimentan en el espacio, todos con una cuota de falsedad: nombres e identidades inventadas, fotos retocadas, vidas representadas que nada tienen en común con la realidad de la habitación de la que emergen. En la que crece sin pausa ese vacío del que les hablo y una profunda infelicidad.

Es una habitación oscura y solitaria la que hace a las personas vulnerables. Allí la humanidad se automatiza, se contenta con pantallas luminosas y pensamientos que se rinden ante ellas. Se embarca en un desafío infinito, constante y pueril que dedica horas de vida a la nada. A absolutos desconocidos que como él tienen una sola certeza: aquello que muestran y dicen en Internet.

Falta la mirada, el abrazo, la confianza, la palabra, el debate. El momento compartido, esencia de lo que fue siempre la humanidad. Crece la soledad y el peligro al aferrarse a algo desconocido de lo que al mismo tiempo se depende.

No hay caras, sentimientos, rasgos, ideas. Tampoco defectos ni discusiones. Se amontonan los parecidos. Mientras son personas quienes viven aislados, desinteresados, aburridos y encerrados. La forma más antisocial de vida que hemos tenido y que se predice tendrá efectos más nocivos que cualquiera de las guerras que atravesamos.

A simple vista podemos ver como niños, adolescentes y algunos adultos viven atados, dependientes, absorbidos por la RED. Cómo aumentan la apatía social y los desordenes de personalidad, junto con las adicciones y la crueldad humana.

Pero nos seguimos preguntando sin respuesta posible que las genera.

El vacío de la humanidad es la primera patología de Internet y ya está entre nosotros. La podemos describir pero no la podemos evitar. Aunque deberíamos comenzar a tratarla, describirla, analizarla, ponerle un freno y anticiparnos a consecuencias que prometen ser desbastadoras.

Suena mesiánico tal vez o poco optimista. Pero nunca antes vivimos en tal situación de aislamiento.

Muchas veces escuchamos que se justifican situaciones con la frase: lo leí en Internet…

Y creo que no hay un espacio menos científico, humano y académico que ese. Más bien se asemeja a una plaza pública y desordenada donde entes dicen lo que quieren gracias al anonimato en el que se refugian. Una constante flotación sin pruebas, valores, compromisos e ideas.

Pero de que estamos hablando…

Internet no es una religión, no puede suplantar a la fe o a una ideología. Sino hundirnos en la ausencia de toda identidad, contacto con la realidad, interés por los otros e intercambio con ellos. Por momentos pienso que todo aquello que nos determina como personas, ha sido estallado para privarnos de nuestra mayor virtud: la acción y la reflexión.

Internet es un terreno fértil para que cualquier atrocidad crezca mientras el pensamiento productivo, el crecimiento intelectual o la riqueza interior del alma se marchiten hasta morir.

El mayor daño que nos dejan los años transcurridos en la red es privar a  los seres humanos de su condición social, del contacto físico, de la mirada a los ojos, de las horas en compañía de otros. Y por ende de todo lo que ello genera: pertenencia, compañía, amor, amistad, interés por un semejante y quienes viven a nuestro alrededor.

No es casual ver hoy múltiples causas egoístas y sectorizadas. Propias del triunfo de un mercado que segmenta al punto extremo un individualismo que solo genera más vacío y angustia. Desata cultos extremos y extraños que no contemplan, perciben o valoran el interés general y nuestro avance como humanidad. Arde el Yo en contra de un nosotros. Lejos de volvernos una sociedad inclusiva, somos cada vez más una sociedad fragmentada con múltiples “yo” conviviendo en la indiferencia y la desidia.

Un vacío que entristece, asusta y al que no hay que entregarse.

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